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Gabriel García Márquez: Un joven de 81 años

Gabriel García Márquez: Un joven de 81 años

Sucedió en el pueblito colombiano de Aracataca hace 81 años. El 6 de marzo de 1927, por demás domingo, la tía Francisca salió a la calle gritando: -¡Varón! ¡Varón! ¡Ron que se ahoga! - Así mismo escribió El Gabo en su autobiografía "Vivir para contarla" cuando narra los acontecimientos del día en que nació.

Al paso del tiempo, y gracias a aquel alumbramiento, Aracataca, aun más pequeño que ahora, se inscribió por siempre en la historia, difícil de imaginar para quienes en aquella recién iniciada primera mitad del siglo XX deambulaban por sus callejuelas o vivían ensimismados en sus afanes agrícolas y ganaderos.

Pronto se reveló en el joven Gabriel su afición por la Literatura, bastaba verle devorar los clásicos, novelas de aventuras y cuentos fantásticos que, junto a las vivencias de una niñez rica en historias se metamorfosearon hasta transformarse en el combustible que cada día impulsaría sus arranques creadores.

Comenzó, como él mismo lo dijera, como periodista empírico - ¡viva ese empirismo! - cuyos frutos son objeto de estudio en todos los centros académicos del mundo. Porque al Gabo le vino el periodismo como le va la savia al árbol, pura y límpida, para que dé su fruto a tiempo, en su sazón.

En medio de aquellos primigenios afanes, cuando recibía mucho menos que poco por sus colaboraciones para El Espectador de Bogotá, se fraguó junto al periodista el narrador. Y, ¿qué han sido los trabajos periodísticos de Gabriel García Márquez, sino una modalidad inaudita del arte de narrar? El literato se fraguó en la mesa del cronista; por eso su obra, como la vida misma, tiene alma y late.

Hasta él, referirse a un Premio Nobel de Literatura era como hablar de seres casi inaccesibles, de escritores cuya lectura se hace difícil y, en ocasiones, tediosa, privativa para un grupo selecto. A partir del Gabo la narrativa virtuosa asumió una nueva categoría donde establecen empatía los criterios y exigencias de una elite dada a lo elevado, y del lector de pueblo a quien lo narrado cautiva tanto como el placer estético manifestado en la obra misma.

Este descollante colombiano - latinoamericano por extensión y universal por derecho - consigue en cada cuento, en cada novela, esa complicidad difícil de lograr entre escritor y público. ¿Dónde radica el secreto? Aunque pudiera parecer tarea de expertos, la clave consiste en que cuanto ha escrito García Márquez lleva dentro músculo, nervio y sangre. Es la propia vida, su particular modo de verla, en simbiosis con la magia de contar, la magia de creer lo increíble, peculiaridad de un mundo transculturado y mestizo donde todo es posible si se imagina que lo sea. ¡América! Un mundo igual a otros mundos, pero a la vez diferente. Un mundo donde la realidad se fusiona con lo onírico y lo imaginario, donde nos lo creemos todo y a veces nos parece que en nada creemos sin darnos cuenta de que ese escepticismo es nuestra fundamental manera de creer.

Junto a esa urdimbre de ideas complejas, de recuerdos, realidades y fantasías se abre paso lo anecdótico. Así su prosa se libera de vicios y esquemas. Para nuestro autor no existe lo impersonal. Con razones así cualquiera puede sentirse uno de los Buendía o imaginarse echado en una hamaca junto al General en su Laberinto, participando de su cotidianidad.

Por eso es que Gabriel García Márquez sigue dándonos como enjambre de flores tempranas sus letras de hoy, colmadas de frescor y aroma lo mismo que hace cuarenta años, cuando irrumpió para siempre en el concierto literario de Nuestra América. Cumple 81 años cada vez tan joven como al principio, tan genial como el grito de su tía Francisca cuando lo vio nacer. ¡Feliz Cumpleaños, Gabo!

 


 

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