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Chiquinha Gonzaga o La Voluntad de Ser

Chiquinha Gonzaga o La Voluntad de Ser

 

Francisca Eduviges Neves Gonzaga irrumpió en la segunda mitad del siglo XIX brasileño con su regia personalidad armonizando el sensible gusto musical con un carácter indómito. Nació en Río de Janeiro en 1847, cuando Brasil era regido por el emperador Pedro II, heredero de Pedro I, quien siendo príncipe regente proclamó la independencia del país carioca y se autonombró Emperador.
Llegaba Brasil a la independencia de Portugal bajo el signo del feudalismo medieval y poco había cambiado en el modo de vida de la joven nación. Corrían tiempos turbulentos de lucha entre un Brasil marcado por la influencia europea y sus cortes, y otro real y más auténtico donde los criollos, mayoritariamente mestizos y negros reclamaban el merecido lugar. Era, sí, un Brasil independiente, pero no soberano. El doloroso fardo de la esclavitud pendía sobre la nación como el mismo látigo con que eran castigados los seres traídos desde África y sus descendientes que no soportaban más tan inhumana condición.
Los hacendados se debatían ante una realidad contradictora. La libertad de los esclavos se clamaba en voz alta, pero a la vez constituía la más importante fuerza productiva de un país al cual llegaban tardíamente las máquinas de la Revolución Industrial. Si desde el punto de vista infraestructural la emancipación de los esclavos planteaba un desafío económico, las más avanzadas ideas de la Ilustración y la Libertad pujaban con fuerza la consecución de tan elemental derecho.
Hija de un militar imperial, Chiquinha, como se le llamaba familiarmente y luego quedó para la historia, tuvo por madre una mestiza cuyo signo característico fue, como lo exigía la época, la plena sumisión al esposo. La joven, a pesar de haber recibido una educación esmerada a tono con los cánones de su época, siempre fue rebelde. Sentía pasión por la música y, como tantas otras muchachas de entonces, recibió clases de piano – probablemente del maestro Elías Alvares Lobo- . Sin embargo, su aprendizaje musical no se circunscribió a ser la joven y obediente muchacha tocadora de piano en la sala hogareña; su fuero interno le impelía dedicarse a la creación. La sangre mestiza que le corría por parte de su madre, la hizo sensible y atrapada por la música de los negros, melodías y ritmos que con el tiempo conformarían la música que identifica hoy la nacionalidad brasileña.
Vocación y rebeldía le costaron muy caro a Chiquinha. Casada por su padre con el próspero y acaudalado Jacinto de Amaral, fue alejada de su gran amor, Juan Bautista de Carvalho, hombre apasionado que aunque la amaba, no entendía tampoco de fidelidad y compartía amores con una corista del teatro Alhambra de Río de Janeiro.
El espíritu libre de Chiquinha Gonzaga le llevó a separarse de su esposo, quien no había cejado en castigos crueles, conducirla en travesías navieras peligrosas y hasta la violación por dominar su rebeldía. Aun más, se vio en la disyuntiva de continuar una vida de total sumisión o ser separada de sus hijos. Sólo quedaría acompañada de Juan Gualberto, su primer hijo, mientras que María del Patrocinio quedaba bajo la custodia de su abuelo materno, el coronel José Basileu, quien impuso a la niña la idea de que su madre había muerto. El viejo coronel, dominado por los prejuicios que pesaron más que el sentimiento paterno, maldijo y castigó a la hija rebelde. Un tercer hijo, Hilario, nacido de la violación por parte de su mismo esposo Jacinto de Amaral, quedó bajo la custodia de éste. Huyó finalmente Chiquinha y se unió en amores con Juan Bautista Carvalho, y les nació Alicia. Cuando Chiquinha sorprendió a Juan Bautista con otra, dio por terminada la relación; él le pidió dejar la niña bajo su custodia para protegerla y darle una educación que no estaba al alcance de ella, en tanto que Chiquinha decidiera qué hacer con sus vidas. Finalmente, Juan Bautista se reconcilió con su principal amante, la corista francesa Susset, casada con un conde anciano, y con una hija producto de una relación adúltera de Susset con Juan Bautista. Susset crió ambas niñas como propias, aunque la joven Alicia hubo de sufrir los desprecios de la madrastra.
La vida de Chiquinha Gonzaga estuvo llena de sinsabores, desprecios y marginación por parte de una sociedad caracterizada por la doble moral. Mientras, Chiquinha componía sus polkas y valses que dieron lugar a lo que más tarde fue la música popular brasileña. Un espíritu tan rebelde como el suyo únicamente encontraría solidaridad entre la gente de pueblo, los esclavos y negros libertos dedicados a la música como el flautista y compositor Joaquín Callado, quien por años la amó en secreto. Callado hizo historia en la música brasileña con su grupo musical Los Llorones, al que Chiquinha acompañara al piano.
En su desván del barrio San Cristóbal de Río, Chiquinha pasaba sus horas de angustia y esperanza y, junto al quehacer musical, gracias también a su espíritu rebosante de ansias libertarias, abrazó la causa del abolicionismo y el republicanismo para Brasil. Tuvo de hecho y como causa, una posición a favor de los derechos de la mujer, entonces sometida al hogar como simple instrumento de placer y sirvienta del marido.
Junto a la gloria que Chiquinha Gonzaga constituye para la música popular brasileña, se agrega su posición en defensa de las más justas causas de su tiempo. Mujer sin ninguna clase de prejuicios, encarnó los ideales que en muchas partes del mundo, en pleno siglo XXI, siguen siendo menos que una utopía.
Como mujer, Francisca Eduviges Neves Gonzaga, Chiquinha, sintió cómo se laceraba su espíritu con las espinas de una realidad, y hubo momentos en que hasta dudó de la justeza de su actitud. Eso es algo que debe entenderse a partir de los cánones generalmente aceptados entonces. Toda idea renovadora tiene sus momentos de duda ante lo que mayoritariamente se acepta, aunque se conozca de su injusticia.
Admirada y amada por el compositor Carlos Gomes, luego marginado víctima de los excesos políticos al proclamarse la República, criticó el gesto de echar a un lado a una gloria de la música brasileña por el mero hecho de haber residido en Italia y ser favorito de la Corte, aun cuando el propio Gomes declaró que solamente le interesaba la música.
En la última etapa de su existencia, Chiquinha tuvo amores con un adolescente de 16 años llamado Juan Bautista, como su gran amor de toda la vida. El joven admiraba su música y había quedado enamorado perdidamente de ella, tanto de su arte, su belleza personal y la fineza de espíritu que manifestó siempre. El joven Juan Bautista, quien por la diferencia de edad podía ser nieto de Chiquinha, fue declarado por ella hijo adoptivo. La sociedad de la época hubiera visto como hecho escandaloso semejante matrimonio, aunque todos conocían la naturaleza verdadera de aquella relación.
Hoy todos recordamos a Chiquinha Gonzaga como una latinoamericana ejemplar que en tiempos difíciles, a pesar de los errores que haya cometido, fue capaz de alzar las banderas emancipadoras. No sólo de su derecho a componer la música que luego daría gloria a su patria, sino de causas tan nobles como la abolición de la esclavitud, la proclamación de la República, los derechos de la mujer y la defensa de los derechos de los artistas. Chiqunha murió en su natal Río de Janeiro en 1935, a la edad de 87 años. Vale bien recordarla con respeto y admiración.



Gabriel García Márquez: Un joven de 81 años

Gabriel García Márquez: Un joven de 81 años

Sucedió en el pueblito colombiano de Aracataca hace 81 años. El 6 de marzo de 1927, por demás domingo, la tía Francisca salió a la calle gritando: -¡Varón! ¡Varón! ¡Ron que se ahoga! - Así mismo escribió El Gabo en su autobiografía "Vivir para contarla" cuando narra los acontecimientos del día en que nació.

Al paso del tiempo, y gracias a aquel alumbramiento, Aracataca, aun más pequeño que ahora, se inscribió por siempre en la historia, difícil de imaginar para quienes en aquella recién iniciada primera mitad del siglo XX deambulaban por sus callejuelas o vivían ensimismados en sus afanes agrícolas y ganaderos.

Pronto se reveló en el joven Gabriel su afición por la Literatura, bastaba verle devorar los clásicos, novelas de aventuras y cuentos fantásticos que, junto a las vivencias de una niñez rica en historias se metamorfosearon hasta transformarse en el combustible que cada día impulsaría sus arranques creadores.

Comenzó, como él mismo lo dijera, como periodista empírico - ¡viva ese empirismo! - cuyos frutos son objeto de estudio en todos los centros académicos del mundo. Porque al Gabo le vino el periodismo como le va la savia al árbol, pura y límpida, para que dé su fruto a tiempo, en su sazón.

En medio de aquellos primigenios afanes, cuando recibía mucho menos que poco por sus colaboraciones para El Espectador de Bogotá, se fraguó junto al periodista el narrador. Y, ¿qué han sido los trabajos periodísticos de Gabriel García Márquez, sino una modalidad inaudita del arte de narrar? El literato se fraguó en la mesa del cronista; por eso su obra, como la vida misma, tiene alma y late.

Hasta él, referirse a un Premio Nobel de Literatura era como hablar de seres casi inaccesibles, de escritores cuya lectura se hace difícil y, en ocasiones, tediosa, privativa para un grupo selecto. A partir del Gabo la narrativa virtuosa asumió una nueva categoría donde establecen empatía los criterios y exigencias de una elite dada a lo elevado, y del lector de pueblo a quien lo narrado cautiva tanto como el placer estético manifestado en la obra misma.

Este descollante colombiano - latinoamericano por extensión y universal por derecho - consigue en cada cuento, en cada novela, esa complicidad difícil de lograr entre escritor y público. ¿Dónde radica el secreto? Aunque pudiera parecer tarea de expertos, la clave consiste en que cuanto ha escrito García Márquez lleva dentro músculo, nervio y sangre. Es la propia vida, su particular modo de verla, en simbiosis con la magia de contar, la magia de creer lo increíble, peculiaridad de un mundo transculturado y mestizo donde todo es posible si se imagina que lo sea. ¡América! Un mundo igual a otros mundos, pero a la vez diferente. Un mundo donde la realidad se fusiona con lo onírico y lo imaginario, donde nos lo creemos todo y a veces nos parece que en nada creemos sin darnos cuenta de que ese escepticismo es nuestra fundamental manera de creer.

Junto a esa urdimbre de ideas complejas, de recuerdos, realidades y fantasías se abre paso lo anecdótico. Así su prosa se libera de vicios y esquemas. Para nuestro autor no existe lo impersonal. Con razones así cualquiera puede sentirse uno de los Buendía o imaginarse echado en una hamaca junto al General en su Laberinto, participando de su cotidianidad.

Por eso es que Gabriel García Márquez sigue dándonos como enjambre de flores tempranas sus letras de hoy, colmadas de frescor y aroma lo mismo que hace cuarenta años, cuando irrumpió para siempre en el concierto literario de Nuestra América. Cumple 81 años cada vez tan joven como al principio, tan genial como el grito de su tía Francisca cuando lo vio nacer. ¡Feliz Cumpleaños, Gabo!

 


 

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